Hace
muchos años, la orilla del valenciano río Júcar, lo que hoy es un pantano, era
un lugar muy frecuentado por nobles cazadores. Era el tiempo en que la máxima
ambición de los grandes nobles era aumentar su territorio, y cuando esto no era
posible por medio de guerras y conquistas, recurrían a los matrimonios
concertados, que servían para que ambas familias unieran sus respectivas
tierras. Así
sucedió con un señor de cierto castillo de la zona, que siendo padre de un hijo
único, apalabró su matrimonio con la también única hija del señor de un
castillo vecino. Los prometidos apenas se conocían y nada sentían el uno por el
otro, pero no protestaron porque sabían que esta era la costumbre extendida.
Y
así, fijada ya la fecha de la boda, comenzaron en los dos castillos los
preparativos para el gran acontecimiento. Un día,
cercana la fecha del enlace matrimonial, el joven prometido salió de caza él
solo. Cabalgaba por las cercanías del río Júcar, buscando huellas en el barro
que indicaran el paso de alguna posible presa cuando escuchó un canto femenino,
dulce a más no poder, melódico, armonioso, atrayente. Olvidando el motivo de su
salida, se acercó al río guiándose por el sonido del canto, hasta que descubrió
que en un remanso, una muchacha desconocida, más hermosa que la luna, dejaba
secar sus largos cabellos al sol, sin cesar de cantar suavemente.
El joven
salió de entre los árboles y por un momento pareció que la muchacha huiría
nadando, pero permaneció en su lugar, a la espera. Se contemplaron en silencio
y entre ambos pareció brotar una nueva sensación cómplice, cálida,
arrebatadora, viva. Sin que ellos mismos lo supieran, era amor lo que estaban
sintiendo nacer. Un amor de esos que no necesitan palabras, que trastocan tu
vida por completo, y que, por supuesto, no entienden de planes previos trazados
por el bien del reino...
Así, se
acercó a ella sintiendo que en ese momento nada era más importante que esa
cercanía, que su contacto, que su sonrisa; y unió sus manos y su cuerpo al de
ella mientras todo su alrededor se hacía distante y sin importancia. Y en esa
unión transcurrió el día, la noche y el amanecer siguiente, mientras respiraban
el mismo aire y sus voces, apenas murmullos, se volvían cantos para cualquier
espectador que se asomara a la escena.
Sin
pronunciar palabra, al menos alguna palabra que se pudiera registrar en el
lenguaje de los seres terrenales, ella le hizo entender que era una ninfa del
río, que deseaba su compañía pero que eso significaría para él renunciar a todo
cuanto conocía, a su familia, amigos, castillo... Pero para él la palabra
renuncia no tenía sentido si iba acompañada del amor de su ninfa... y así, tomó
sin problemas la mano de su amada que le guiaba hasta el centro de las aguas,
perdiendo pie y dejándose arrastrar por la corriente hasta el fondo del río,
donde encontraron una puerta que les dio acceso al palacio más hermoso que
podéis imaginar, y que desde ese momento, convertirían en su hogar.
Mientras,
en el castillo, el padre se alarmaba por la ausencia de su hijo, y nada le
consolaba, más aún cuando tras búsquedas infructuosas por parte de su ejército,
llegaron a la conclusión de que estaba muerto, alguna clase de muerte mágica
que tampoco les permitía hallar su cuerpo. Incluso rastrearon el río, pero no
encontraron resto alguno del muchacho. Y el tiempo pasó, el anciano señor del
castillo falleció sin heredero y, todavía más años después, la hiedra y las
enredaderas cubrieron las ruinas que quedaban del que había sido un imponente
castillo.
Pero aún
hoy cuentan que las parejas de enamorados que se citan a la orilla del Júcar
reciben una bendición especial, y que los niños que juegan cerca de este río
hablan a veces de las risas y los cantos que se oyen en las cercanías. Y es que
si el joven se perdió, lo hizo para encontrar un lugar mucho más hermoso...
