Hace
muchos años, la orilla del valenciano río Júcar, lo que hoy es un pantano, era
un lugar muy frecuentado por nobles cazadores. Era el tiempo en que la máxima
ambición de los grandes nobles era aumentar su territorio, y cuando esto no era
posible por medio de guerras y conquistas, recurrían a los matrimonios
concertados, que servían para que ambas familias unieran sus respectivas
tierras. Así
sucedió con un señor de cierto castillo de la zona, que siendo padre de un hijo
único, apalabró su matrimonio con la también única hija del señor de un
castillo vecino. Los prometidos apenas se conocían y nada sentían el uno por el
otro, pero no protestaron porque sabían que esta era la costumbre extendida.
